El 19 de octubre de 2025 marcó un hito trascendental en la historia política de Bolivia, con la elección de Rodrigo Paz Pereira a la presidencia. Su v
El 19 de octubre de 2025 marcó un hito trascendental en la historia política de Bolivia, con la elección de Rodrigo Paz Pereira a la presidencia. Su victoria no solo significó un cambio en la dirección del país, sino que también representó la primera ocasión en que el cargo de Jefe de Estado fue definido mediante una segunda vuelta electoral, un mecanismo democrático previsto en la Constitución pero que hasta entonces había permanecido inédito.
Pocos minutos después de las ocho de la noche de aquel día, el Tribunal Supremo Electoral dio a conocer los resultados preliminares que confirmaron el triunfo de Paz Pereira. Este momento lo consolidó como el primer ciudadano boliviano en alcanzar la presidencia a través de una votación de desempate. Además, su logro estableció otro precedente al ser el primer político en obtener una victoria contundente en su primera postulación presidencial. En su primer discurso como presidente electo, pronunciado esa misma noche, Paz Pereira estuvo acompañado por su familia y líderes de su partido, aunque sin la presencia de su compañero de fórmula, Edmand Lara. Aprovechó la oportunidad para agradecer las felicitaciones de diversos mandatarios internacionales, elogiar la labor del organismo electoral y lamentar la polarización que caracterizó la campaña.
La implementación de la segunda vuelta en 2025 fue el resultado de un largo recorrido institucional y político. Durante las elecciones de 2009 y 2014, Evo Morales había obtenido victorias con mayorías absolutas, superando el 60% de los votos en ambas ocasiones. En 2019, la posibilidad de una segunda vuelta entre Morales y Carlos Mesa se vislumbró por primera vez, con los datos oficiales del sistema de Transmisión de Resultados Electorales Preliminares (TREP) indicando esa tendencia. Sin embargo, un corte de energía y un subsiguiente silencio de 24 horas generaron dudas sobre la transparencia del proceso, al alterarse las proyecciones iniciales y buscarse una victoria ajustada en primera vuelta. La controversia de 2019, con la incredulidad generalizada, las observaciones de misiones internacionales como la OEA y la Unión Europea, las protestas ciudadanas y el motín policial, culminó con la renuncia de Evo Morales y Álvaro García Linera.
Este complejo antecedente de 2019 sirvió como telón de fondo para el proceso electoral de 2025, que finalmente demostró una madurez institucional. Por primera vez en casi dos siglos de vida republicana, Bolivia recurrió a una elección complementaria para designar a su máximo dignatario. Más allá de ser un mero detalle técnico, fue la materialización de un principio democrático consagrado en la Constitución de 2009, una Carta Magna que, entre otras innovaciones, estableció este mecanismo para resolver las disputas por el poder. Anteriormente, las urnas solo representaban la mitad de la contienda, que se definía en los pasillos del Congreso, donde los sufragios ciudadanos se diluían en pactos, presiones y acuerdos de última hora.
A lo largo de gran parte del siglo XX y principios del XXI, los presidentes no eran elegidos por mayoría popular directa, sino por una Asamblea legislativa fragmentada que actuaba como árbitro. Desde el retorno a la democracia en 1982, ninguna elección general había otorgado mayorías absolutas. Los candidatos podían ganar en las calles, pero sus victorias se revertían en los cómputos finales, siendo las alianzas políticas las que determinaban el resultado. Víctor Paz Estenssoro, por ejemplo, regresó al poder en 1985 no por la magnitud de su votación, sino por un acuerdo con sus adversarios, implementando un ajuste económico drástico para contener la hiperinflación. En 1989, un pacto inusual entre Hugo Banzer y Jaime Paz Zamora, quien había quedado en segundo lugar en las urnas, llevó a este último a la presidencia, en un contexto de negociaciones que entrelazaban poder, conveniencia y la reconciliación forzada de antiguas enemistades.
Esta dinámica se repitió en numerosas ocasiones. En 1993, Gonzalo Sánchez de Lozada formó una alianza con el MBL; en 1997, Hugo Banzer obtuvo la presidencia con el apoyo de sectores empresariales y partidos menores; y en 2002, la situación rozó el absurdo cuando el Congreso eligió a Sánchez de Lozada por encima de Evo Morales, a pesar de que la diferencia en votos había sido mínima. Cada decisión parlamentaria era un reflejo de las correlaciones de fuerza, más que de la voluntad ciudadana. En la opinión pública, se hablaba más de negocios políticos que de propuestas programáticas. La política se percibía como un tablero donde se negociaban ministerios, embajadas y privilegios. La violencia de octubre de 2003, conocida como la Guerra del Gas, fue también el trágico resultado de esa desconexión entre el voto popular y el ejercicio real del poder.
El año 2005 marcó un quiebre en este ciclo. Evo Morales Ayma obtuvo una victoria con el 53.74% de los votos, la primera mayoría absoluta desde 1982, eliminando la necesidad de una decisión congresal. Este triunfo inauguró una nueva etapa en la historia política del país: la del voto contundente y la del Estado Plurinacional, consolidado en 2009 con una Constitución que, entre sus múltiples reformas, estableció la segunda vuelta presidencial como una garantía de legitimidad.
La paradoja de la historia boliviana radica en que esta herramienta democrática tardó dieciséis años en estrenarse. Ni en 2009, ni en 2014, ni siquiera en el controvertido 2019, fue necesaria una segunda vuelta, dado que Evo Morales ganó en dos ocasiones con más del 60% de los votos, y Luis Arce lo hizo en 2020 con el 55%. Fue solo en 2025, en un escenario de fragmentación del voto y una reconfiguración del mapa político, que el país se encontró ante su primera definición presidencial en una instancia complementaria. Las reglas estaban escritas desde hacía años, pero solo ahora se pusieron a prueba, permitiendo que la democracia boliviana marcara su hora exacta.
El triunfo de Rodrigo Paz Pereira, por tanto, representa un nuevo punto de inflexión. No fue simplemente una elección reñida, sino el cierre de una etapa histórica. Por primera vez, la segunda vuelta sirvió para dirimir un liderazgo con plena legitimidad, sin pactos ocultos ni congresistas que decidieran en lugar de la mayoría. El ciudadano fue, finalmente, el único árbitro.
La jornada del 19 de octubre de 2025 quedará grabada en la memoria nacional como el día en que Bolivia completó su transición de una república de acuerdos tácitos a una democracia de mayorías. No hubo épica militar ni discursos grandilocuentes, solo la sobria confirmación de un país que aprendió, tras siglos de inestabilidad, que el poder legítimo emana de la voluntad ciudadana. Anoche, al conocerse los resultados oficiales y al declararse Rodrigo Paz como presidente electo del Estado Plurinacional, Bolivia escribió una página inédita de su devenir democrático: aquella en la que el poder se conquista, al fin, con el voto limpio, directo y soberano de su pueblo



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