La ciudad de La Paz, bajo un cielo que alternó la luminosidad matutina con una intensa precipitación, fue el escenario de la investidura de las nuevas
La ciudad de La Paz, bajo un cielo que alternó la luminosidad matutina con una intensa precipitación, fue el escenario de la investidura de las nuevas autoridades. El evento, marcado por un retraso de media hora y la concurrida afluencia de personalidades, se desarrolló en el hemiciclo del piso quince de la Asamblea Legislativa, un espacio que se transformó en el epicentro de un significativo acto político.
En medio de una concurrencia ataviada con trajes formales y las insignias de sus cargos, Edmand Lara se presentó luciendo un inmaculado uniforme de gala verde olivo, adornado en la solapa con las cuatro distinciones que marcaron su trayectoria profesional. Este atuendo, según sus propias palabras, representaba la última ocasión en que vestiría el uniforme policial, una prenda que, con la debida autorización, volvió a portar para su juramentación como vicepresidente de Bolivia. Simbolizaba el cierre de un capítulo y el inicio de un servicio de mayor envergadura para la nación.
El protocolo oficial se vio momentáneamente interrumpido por una revelación personal. Antes de desdoblar el documento que contenía su discurso, Lara expresó una queja íntima y palpable: la dificultad de sus familiares para acceder a asientos, muchos de ellos permaneciendo de pie o expuestos a la intemperie. Ofreció disculpas públicas a los suyos, para luego pronunciar una frase cargada de significado que resonó en el salón: una imploración de perdón para el expresidente Luis Arce por los perjuicios causados. Este preámbulo estableció un tono de reflexión sobre el pasado, el agravio, la redención y el fin de la administración anterior.
El discurso del vicepresidente electo otorgó al bicentenario patrio una interpretación particular, no como un mero festejo, sino como un momento de introspección nacional. Subrayó que las naciones, al igual que los individuos, atraviesan ciclos, y que esta conmemoración era una oportunidad providencial para el renacimiento y la reconciliación con la identidad boliviana, enraizada en la resistencia y el mestizaje. Al evocar a figuras históricas de la independencia como Murillo, Zudáñez, el Moto Méndez, Cañoto y Warnes, consolidó la idea de que la unidad ha sido históricamente la clave de la victoria del país, mientras que la división ha conllevado sufrimiento.
Esta revisión histórica sirvió como un puente hacia la crítica de la situación actual. Lara abordó sin rodeos la escasez de divisas, la falta de combustibles y el insostenible costo de la canasta familiar. Enfatizó que la corrupción no solo despoja de recursos económicos, sino que también erosiona la confianza, el futuro y la fe ciudadana, afirmación que fue recibida con aplausos. Proclamó el compromiso de la nueva administración no solo de gestionar, sino de emprender una profunda reconstrucción.
El vicepresidente compartió su experiencia personal, recordando su decisión de unirse a la Policía hace dos décadas, impulsado por aspiraciones de servicio. Relató cómo fue testigo de las deficiencias internas de la institución: abusos, encubrimiento de superiores, la manipulación de la justicia y la ley utilizada como herramienta punitiva. Tras su destitución, que lo dejó sin derechos, afirmó que, si bien le arrebataron su sueño profesional, no pudieron despojarlo de su convicción. El uniforme que uno porta internamente, aseguró, es imborrable. Este relato personal justificó su elección de vestir el uniforme en la ceremonia, declarando que, aunque quizás fuera la última vez que lo usara físicamente, juraba como vicepresidente con el mismo espíritu de servicio de su juventud, porque ahora su uniforme se llamaba Bolivia.
A partir de este punto, el lenguaje se tornó profundamente metafórico. Invitó a cada ciudadano a adoptar su propio uniforme: el mandil de la enfermera, la bata del maestro, el overol del mecánico, el casco del albañil, el sombrero del campesino. Hizo referencia a la mujer de pollera, al estudiante y al comerciante de mercado, instando a que Bolivia se uniforme en un único color: el del compromiso. Aclaró que esto no buscaba borrar las diferencias, sino reconciliarlas.
Para reforzar su mensaje de unidad, aludió a la camiseta verde de la Selección Nacional de fútbol, un símbolo que trasciende derrotas y cambios de gobierno. Esa prenda, que une a la gente en un grito común sin considerar filiaciones políticas, representaba el espíritu de la nueva etapa, donde Bolivia jugaría como un solo equipo. En el palco superior del hemiciclo, pequeñas banderas bolivianas se agitaron en cada curul, mientras que abajo, los rostros tensos se relajaban, algunos incluso con lágrimas.
El discurso, leído por su importancia, fusionó lo personal con lo institucional. Felicitó al presidente Rodrigo Paz, deseándole salud y sabiduría para guiar a la patria que nunca nos abandona, citando al abuelo del mandatario. Extendió saludos a presidentes, embajadores, magistrados, legisladores, a su propia familia y a la del presidente Paz, así como a Villa Rivero en Valle Alto de Cochabamba. El verbo servir fue una constante a lo largo de su intervención.
En el segmento más político, delineó la dirección del nuevo gobierno: sanar las instituciones, transformar el sistema judicial, erradicar la corrupción y restaurar la esperanza a través de acciones concretas. Habló desde su singular posición de exiliado que retorna por la vía de la representación popular, concluyendo con una concisa consigna: Extender la mano y no cerrar el puño.
El rostro del vicepresidente se hallaba surcado por las lágrimas, visibles desde el inicio de la ceremonia, cuando solicitó un minuto de silencio en honor a quienes sacrificaron sus vidas por la democracia. Afuera, la lluvia había cesado, y en el interior, persistía la palpable sensación de una emoción colectiva




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