El sector vitivinícola boliviano, con un enfoque particular en la región de Tarija, presenta un significativo potencial de expansión, condicionado a u
El sector vitivinícola boliviano, con un enfoque particular en la región de Tarija, presenta un significativo potencial de expansión, condicionado a un firme apoyo estatal. Un representante de la cadena productiva de uva, vino y singani ha destacado estas prometedoras perspectivas de crecimiento.
Actualmente, se estima que el valle central de Tarija cuenta con aproximadamente 3,200 hectáreas dedicadas al cultivo de la vid. De esta superficie, la mitad corresponde a la variedad Moscatel de Alejandría, una cepa de gran versatilidad utilizada tanto en la elaboración de singani y vino como para el consumo directo como uva de mesa. Es importante señalar que estas cifras, aunque son las más recientes disponibles, corresponden al periodo 2018-2019. Un censo agrícola que se habría realizado posteriormente aún no ha sido divulgado públicamente.
A nivel nacional, la superficie total cultivada con uva alcanza las 4,500 hectáreas. Esta actividad económica involucra a cerca de 10,000 familias en todo el país, con una concentración de entre 3,200 y 3,600 familias dedicadas a la vitivinicultura en Tarija. El Instituto Nacional de Estadística (INE) ha comunicado la realización de un censo agrícola nacional para el año 2026, con el municipio de Uriondo sirviendo como modelo piloto. La Moscatel de Alejandría se cultiva predominantemente en áreas específicas de las provincias de Uriondo y Cercado, zonas clave para la producción de uva.
Una propuesta ambiciosa plantea que una inversión de 100 millones de dólares en el sector vitivinícola de Tarija podría incrementar la superficie cultivada hasta 10,000 hectáreas en un lapso de diez años. Esta iniciativa ha sido presentada a los legisladores electos, con la esperanza de una acogida favorable. Los productores locales han expresado su disposición a aportar la contraparte necesaria para la materialización de este proyecto, resaltando la probada solidez financiera del sector, que históricamente ha mantenido una relación estable con el sistema bancario.
Recientemente, se llevó a cabo un encuentro entre los productores de uva y los industriales vitivinícolas, con el propósito de coordinar estrategias y acciones conjuntas. Durante estas conversaciones, se reconoció una disparidad en el desarrollo entre los pequeños productores y las grandes industrias. Los pequeños agricultores, quienes suministran más del 80% de la materia prima, a menudo se encuentran en una posición de desventaja. Esta situación se hace patente, por ejemplo, en la discusión sobre incrementos impositivos, donde los industriales tienen la capacidad de ajustar los precios de sus productos finales, pero esta medida no siempre se traduce en un mejor precio por la uva pagado a los pequeños productores.
En este contexto, se ha enfatizado la necesidad de que los industriales compartan su conocimiento y experiencia con los pequeños productores, especialmente en lo que respecta a los procedimientos y requisitos para la exportación de singani a mercados internacionales como Estados Unidos. La falta de esta información compartida puede obstaculizar el crecimiento colectivo. De hecho, las exportaciones de singani han experimentado una disminución, atribuida en parte a un menor rendimiento de la uva Moscatel. Esta circunstancia ha llevado a algunos agricultores a optar por reemplazar sus viñedos con otros cultivos, buscando alternativas más rentables




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