El Carnaval de Río de Janeiro, considerado la fiesta más emblemática y multitudinaria de Brasil, se prepara para movilizar este año a aproximadamente
El Carnaval de Río de Janeiro, considerado la fiesta más emblemática y multitudinaria de Brasil, se prepara para movilizar este año a aproximadamente ocho millones de personas, entre residentes locales y turistas nacionales e internacionales. Este evento no solo representa una celebración cultural sin igual, sino que también constituye un motor económico fundamental para la ciudad, generando una significativa inyección monetaria que impacta diversos sectores comerciales y turísticos.
La magnitud del Carnaval se refleja en la expectativa de que cerca de seis millones de personas participen exclusivamente en los desfiles callejeros que se extienden por más de un mes. Estas celebraciones se desarrollan en las ‘ruas’ o calles, donde la música, la danza y la juerga se apoderan del ambiente con un ritmo constante e ininterrumpido. La ciudad entera se transforma en un escenario vibrante que acoge a una multitud ávida de disfrutar el espíritu festivo característico del Carnaval carioca.
En esta edición, la fiesta callejera contará con la participación activa de 460 comparsas que animarán los barrios y las principales avenidas desde el inicio del evento hasta el 22 de febrero. El centro histórico de Río concentra el mayor número de presentaciones y desfiles, siendo el epicentro cultural donde convergen miles de asistentes para vivir la experiencia carnavalesca. Además, la zona turística —integrada por los mundialmente reconocidos barrios de Copacabana e Ipanema— también será un escenario destacado donde residentes y visitantes podrán sumergirse en las tradiciones y ritmos del Carnaval.
Sin embargo, más allá del esplendor y popularidad global que ostenta el Sambódromo —el icónico espacio donde desfilan las escuelas de samba más prestigiosas— existe una realidad paralela menos conocida pero profundamente arraigada en la cultura popular carioca. En un modesto galpón ubicado en el norte de Río, entre viviendas de concreto y bajo un viaducto que sirve también como estacionamiento para una escuela de conducción, bailarines y percusionistas practican con dedicación sus ritmos. Allí reposan restos de carrozas y decorados donados por desfiles anteriores, símbolos tangibles del esfuerzo comunitario que sostiene esta tradición.
Este contraste entre el brillo del Sambódromo y la sencillez del evento paralelo refleja tensiones sociales y culturales inherentes al Carnaval. Mientras el Sambódromo atrae a millones con su despliegue espectacular —carrozas imponentes, trajes adornados con cristales y plumas que representan una inversión multimillonaria— algunos críticos señalan que este evento ha ido distanciándose progresivamente de los barrios populares afrobrasileños que son cuna histórica de la samba. En estos sectores marginalizados es donde las escuelas trabajan durante todo el año para mantener viva esta expresión cultural.
El maestro de batería Américo Teófilo personifica esta dualidad. A sus 37 años sueña con actuar en el Sambódromo, pero siente orgullo por participar en las celebraciones populares del norte de Río, consideradas “más para el pueblo”. Su escuela, Caprichosos de Pilares —fundada en 1949— no ha desfilado en el Sambódromo desde hace dos décadas debido a su descenso a divisiones inferiores dentro del sistema competitivo similar a una liga deportiva. Esta situación ilustra cómo las barreras económicas han ampliado la brecha entre las escuelas tradicionales y aquellas que pueden costear espectáculos más grandilocuentes.
La inversión requerida para competir en categorías superiores es considerablemente alta, alcanzando cifras millonarias destinadas a carrozas elaboradas y vestuarios lujosos. Por su parte, las escuelas menos favorecidas reciben fondos municipales limitados; aunque la agencia oficial Riotur destinó este año 52 millones de reales (equivalentes a cerca de 10 millones de dólares) para apoyar a todas las categorías, algunos dirigentes como Henrique Bianchi, director carnavalesco del Caprichosos, critican la distribución desigual que perjudica a las agrupaciones menores.
Este fenómeno tiene implicaciones directas sobre la preservación cultural y social del Carnaval. Por un lado, fomenta un espectáculo globalizado capaz de atraer turismo masivo e inversiones importantes para Río; por otro lado, pone en riesgo la continuidad auténtica del carnaval popular originario ligado a comunidades afrodescendientes históricamente marginadas. La tensión entre elitización comercial y tradición comunitaria marca uno de los debates centrales alrededor del futuro del Carnaval carioca.
En suma, el Carnaval no solo es una celebración festiva sino también un reflejo complejo de realidades socioeconómicas diversas dentro de Río de Janeiro. La movilización masiva esperada este año reafirma su importancia como fenómeno cultural global mientras advierte sobre los desafíos internos relacionados con equidad financiera y reconocimiento cultural hacia las raíces populares que sostienen este legado artístico único. Para millones que participan activamente o disfrutan como espectadores, esta fiesta representa tanto una oportunidad económica como una expresión viva identitaria indispensable para Brasil




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