Richard Mamani pide justicia tras nueve años de cárcel por un delito que asegura no haber cometido denunciando fallas en el sistema judicial boliviano

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Richard Mamani pide justicia tras nueve años de cárcel por un delito que asegura no haber cometido denunciando fallas en el sistema judicial boliviano

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Después de casi una década privado de libertad, Richard Mamani Martínez recobró su libertad el 27 de julio de 2025. A sus 19 años, había sido encarcel

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Después de casi una década privado de libertad, Richard Mamani Martínez recobró su libertad el 27 de julio de 2025. A sus 19 años, había sido encarcelado en el penal de Morros Blancos, en Tarija, tras ser condenado a 20 años por un delito de violación contra una menor, acusación que siempre negó. Nueve años después, el sistema judicial reconoció su inocencia, aunque el tiempo perdido y las secuelas permanecen.

Al salir del penal, Richard llevaba consigo sólo dos bolsas con sus pertenencias, enfrentando la realidad de un Estado que no le brindó apoyo para reintegrarse a la sociedad. Su experiencia en prisión, marcada por trabajos forzados, dejó huellas visibles en sus manos y profundas cicatrices emocionales. La libertad no fue fruto de un proceso eficiente, sino del respaldo espiritual del padre Miguel Sotelo, la dedicación de sus abogados Rosmery Peralta y Elías Martínez, y la revisión rigurosa de nuevos magistrados del Tribunal Supremo de Justicia.

Antes de su detención en 2016, Richard trabajaba en la construcción de la represa de Chaullamayu y había cursado hasta cuarto de primaria. Proveniente de una familia humilde, ayudaba desde niño en las labores agrícolas y el cuidado del ganado. Tras su liberación, intentó retomar su empleo anterior, pero la estigmatización y la falta de documentos como título escolar o libreta militar dificultaron su inserción laboral, obligándolo a aceptar trabajos esporádicos en el campo para ayudar a sus padres.

Las dificultades económicas lo llevaron a considerar emigrar a Argentina, aunque el temor a que su caso quede en el olvido y a las represalias del verdadero agresor lo hicieron desistir. La Defensoría del Pueblo le aconsejó permanecer en Bolivia para continuar con los trámites legales en busca de reparación.

El primer cumpleaños de Richard en libertad, el 24 de octubre, estuvo marcado por la ausencia familiar debido a compromisos laborales. A pesar de vivir con sus padres, debe desplazarse constantemente para conseguir ingresos mínimos. Su participación en las elecciones del 19 de octubre fue dolorosa: tuvo que regresar al penal para votar, donde fue maltratado por la policía y se le exigió un pago para ingresar, situación que calificó como una revictimización.

El joven no recibió apoyo psicológico tras su liberación, y persiste el temor hacia el verdadero agresor, quien permanece en libertad. Por precaución, evita responder llamadas y mensajes de números desconocidos. Su abogada, Rosmery Peralta, confirma que Richard vive con miedo y que las secuelas del encarcelamiento injusto le provocan pesadillas y ansiedad constante.

El impacto psicológico de un encarcelamiento injusto es profundo, según la psicóloga Jimena Melgar. Los afectados suelen experimentar pesadillas, recuerdos traumáticos, hipervigilancia, aislamiento y dificultades para reintegrarse socialmente. La pérdida del control sobre la propia vida y la desconfianza hacia el entorno son comunes, afectando la salud mental y la capacidad laboral. La reconstrucción emocional requiere apoyo psicológico, social y familiar para superar el estigma y retomar proyectos personales.

La historia de Richard comenzó en julio de 2016, cuando fue detenido en la comunidad de Llanquisa, en Villa Charcas, mientras visitaba a su abuela. La Policía lo arrestó bajo una denuncia falsa de violación, en la que la víctima era su prima, coaccionada para señalarlo como agresor en lugar de su verdadero abusador, su cuñado. Sin dominio pleno del castellano, ya que su lengua materna es el quechua, Richard enfrentó un proceso judicial plagado de irregularidades, con abogados públicos que le instaban a declararse culpable para reducir la condena.

Su ingreso a Morros Blancos marcó el inicio de una pesadilla, donde sufrió maltratos físicos y psicológicos. El padre Miguel Sotelo, sacerdote y terapeuta, fue un pilar fundamental para Richard durante su encierro, brindándole apoyo espiritual y emocional. Juntos fundaron un grupo de apoyo para internos y colaboraron en la construcción de un centro polifuncional dentro del penal, espacio que alberga una capilla, biblioteca y sala de terapias, y donde finalmente se le entregó la orden de libertad.

Morros Blancos es conocido por su alta peligrosidad y violencia, con numerosos incidentes graves registrados entre 2024 y 2025, incluyendo ataques con fuego y armas blancas entre internos. Richard, sin embargo, mantuvo una actitud pacífica y se enfocó en su fe y en apoyar al padre Miguel.

El proceso judicial contra Richard se basó únicamente en la declaración de la víctima, sin pruebas científicas ni investigación exhaustiva. En 2019, fue condenado a 20 años de prisión, una sentencia que lo sumió en una profunda depresión y llevó a intentos de suicidio. La abogada Rosmery Peralta asumió su defensa en 2023, trabajando pro bono para demostrar la falsedad de la acusación y la falta de rigor en el juicio.

La verdad emergió cuando la víctima, ya mayor de edad, denunció públicamente en febrero de 2023 que su verdadero agresor fue su cuñado, y que su hermana la había obligado a acusar a Richard. Esta revelación desencadenó una revisión del caso, aunque la respuesta judicial fue lenta y burocrática. La hermana de la víctima fue condenada por denuncia falsa, mientras que el cuñado recibió una sentencia de 25 años, aunque ambos permanecen en libertad tras apelar.

El Tribunal Supremo de Justicia anuló la condena contra Richard, absolviéndolo por falta de pruebas y reconocimiento de la coacción sufrida por la víctima. La entrega formal de su libertad se realizó en el centro que él ayudó a construir, en un acto encabezado por la decana del Tribunal Supremo.

Actualmente, Richard y su defensa preparan una demanda contra el Estado en busca de una reparación integral por las violaciones a sus derechos humanos durante el proceso. La abogada Peralta denuncia múltiples irregularidades, como la ausencia de pruebas de ADN y un informe psicológico manipulado, y critica la falta de recursos y acompañamiento jurídico que prolongaron injustamente su encarcelamiento.

Especialistas en derecho penal y derechos humanos señalan que este caso refleja fallas sistémicas en la investigación y administración de justicia, especialmente en procesos relacionados con delitos sexuales, donde la presunción de culpabilidad suele prevalecer sobre la inocencia. Se destaca la necesidad de aplicar rigurosamente el principio de in dubio pro reo y garantizar un debido proceso justo.

Organizaciones defensoras de los derechos de los hombres denuncian que casos similares son frecuentes y atribuyen parte de la responsabilidad a la aplicación inadecuada de la Ley 348, destinada a proteger a mujeres víctimas de violencia, pero que en ocasiones se utiliza para acusaciones falsas. Se señalan prácticas de extorsión y malos manejos por parte de jueces y fiscales, y se plantea la revisión o modificación de esta legislación.

Por su parte, autoridades judiciales defienden la aplicación de la ley y aseguran que los errores no provienen del sistema judicial, sino de la falsedad de las denuncias presentadas. Insisten en que ninguna sentencia debe dictarse sin pruebas contundentes y subrayan el compromiso con el debido proceso y la presunción de inocencia.

El Consejo de la Magistratura inició una auditoría interna que determinó responsabilidad disciplinaria en los jueces que dictaron la sentencia injusta contra Richard. Se han programado capacitaciones para evitar futuros errores judiciales y fortalecer la valoración objetiva de la prueba.

Expertos en derechos humanos internacionales recuerdan que el Estado tiene la obligación de otorgar una reparación integral automática en casos de error judicial, incluyendo compensación económica, rehabilitación médica y psicológica, restitución social y garantías de no repetición. La falta de acción estatal constituiría un incumplimiento de compromisos internacionales.

El caso de Richard Mamani Martínez pone en evidencia las consecuencias devastadoras de un sistema judicial falible y la urgente necesidad de reformas que garanticen justicia efectiva, protección de derechos y reparación digna para quienes han sido víctimas de condenas injustas

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