El 8 de noviembre, a las 11:45 de la mañana, el hemiciclo de la Asamblea Legislativa fue testigo de un momento trascendental para Bolivia. Ante los sí
El 8 de noviembre, a las 11:45 de la mañana, el hemiciclo de la Asamblea Legislativa fue testigo de un momento trascendental para Bolivia. Ante los símbolos de la fe y la ley, Rodrigo Paz Pereira asumió la presidencia número sesenta y cinco del país. Su juramento, un compromiso con la nación y sus valores fundamentales, resonó con una fuerza que primero contuvo el aliento de los presentes y luego desató una ovación. Desde los palcos, representantes diplomáticos y líderes de más de cincuenta naciones se unieron a la solemnidad del acto, que no solo marcaba un traspaso de poder, sino también un renovado espíritu de unidad.
El nuevo mandatario asume el liderazgo en un período caracterizado por significativas turbulencias económicas y políticas, una coyuntura que evoca los desafíos enfrentados por su tío abuelo, Víctor Paz Estenssoro, en 1985. Su trayectoria política ha sido notablemente vertiginosa, escalando desde una temprana incursión como diputado hasta concejal y alcalde de Tarija, para luego ocupar un escaño en el Senado y, finalmente, alcanzar la jefatura de Estado. Este recorrido ilustra una evolución política marcada por una ascensión constante.
La tribuna de honor congregó a cuatro expresidentes bolivianos, cada uno observando el desarrollo de la ceremonia con una disposición particular: Carlos Mesa con una calma evidente, Eduardo Rodríguez Veltzé en actitud pensativa, Jeanine Áñez manifestando una expresión de libertad, y Jorge Tuto Quiroga, quien, a pesar de haber sido un adversario político formidable, ahora encabeza una facción de la oposición que se define como constructiva. Su presencia conjunta y las interacciones entre ellos simbolizaron décadas de vida democrática, con sus momentos de convergencia y disenso. Cercano a ellos, Jaime Paz Zamora, padre del presidente y figura octogenaria, compartía el momento con su familia, visiblemente conmovido. Previo al inicio de la investidura, en los corredores del edificio legislativo, ofreció al nuevo dignatario una serie de recomendaciones: priorizar la escucha activa, fomentar una diplomacia sin intermediarios —práctica que el presidente ya había demostrado antes de su toma de posesión— y preservar siempre la búsqueda del consenso.
La jornada ceremonial se inició con la investidura de Edmand Lara como Vicepresidente del Estado y titular de la Asamblea Legislativa Plurinacional. Su elección de vestir el uniforme de gala de la policía boliviana fue un gesto profundamente simbólico, que, según sus propias palabras, representaba la reivindicación de dos décadas de servicio en la institución. Rememoró, con una voz que denotaba contención, una separación del servicio que calificó de injusta, un evento que, lejos de desalentarlo, fortaleció su determinación de contribuir a la nación desde una nueva posición. Durante su alocución, enfatizó que la verdadera investidura no reside en la tela, sino en los principios, el valor, los valores cívicos, el patriotismo y la fe. Esta declaración, pronunciada con una emoción palpable, fue recibida con una efusiva respuesta de aplausos y aclamaciones. Concluyó su intervención solicitando un minuto de silencio en memoria de aquellos que sacrificaron su vida por la democracia. El recinto legislativo se sumió en una quietud absoluta, los murmullos se disiparon y el ambiente se cargó de una densidad histórica. Las lágrimas apenas contenidas en el rostro de Lara y las cabezas inclinadas de muchos legisladores reflejaron la profunda resonancia de ese momento de recuerdo.
La trascendencia del evento se acentuó con la presencia de cinco jefes de Estado extranjeros, confiriéndole una clara proyección continental. La diversidad ideológica fue notoria: por un lado, se encontraban líderes de la derecha regional como Javier Milei de Argentina, fortalecido por sus recientes éxitos legislativos; Santiago Peña de Paraguay, destacando los avances económicos de su nación; y Daniel Noboa de Ecuador, el presidente más joven de su país, quien afronta retos significativos en la lucha contra la criminalidad organizada y la estabilización económica. En contraste, la representación de la izquierda progresista incluyó a Gabriel Boric de Chile, en la fase final de su administración, y a Yamandú Orsi de Uruguay, considerado el sucesor político de José Mujica, cuya presencia desde Montevideo evocaba la sobriedad característica de su mentor. Esta confluencia de figuras tan dispares, unidas en el mismo escenario, constituyó una poderosa metáfora de la nueva fase que Bolivia aspira a inaugurar, un período en el que, a pesar de las divisiones internas, el país busca reafirmar su compromiso con los principios democráticos.
Hacia el final de la jornada, al concluir su discurso, el presidente Paz Pereira articuló un mensaje que encapsuló el sentir general del día, subrayando la profunda gratitud hacia la nación y la imperativa necesidad de servirla con dedicación




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