La sala de cine permanece en penumbra y silencio absoluto, con todas las butacas ocupadas. En la pantalla, una mujer quebrantada y abatida repite como
La sala de cine permanece en penumbra y silencio absoluto, con todas las butacas ocupadas. En la pantalla, una mujer quebrantada y abatida repite como un mantra que para los ateos, rezar significa enfrentar la desesperación. Al cerrar los ojos, me veo reflejada en esa escena, recordando un momento de mi vida en el que también me sentí rendida y suplicante.
La proyección termina y regreso a la realidad, ya no estoy en mi habitación desordenada, sino en el Festival de Cine de San Sebastián, donde se presenta fuera de competición la película “Sentimental Value” (Valor sentimental). Esta obra, que tuvo un paso triunfal por el Festival de Cannes al obtener el Gran Premio del Jurado, confirma la devoción que profeso por el cine, un dios pagano que me acompaña aún sin necesidad de rezos.
Joachim Trier, director danés reconocido por su habilidad para capturar la intimidad del dolor y las fracturas en las relaciones amorosas, vuelve a demostrar su talento en “Sentimental Value” (2025). En esta ocasión, profundiza en la huella imborrable que dejan los padres en sus hijos, independientemente de su presencia o ausencia, a lo largo de dos horas y cuarto de metraje.
La película, disponible en cines de Bolivia, aborda temas como la depresión, la ruptura familiar y el silencio como medio de comunicación, a través de la historia de Gustav Borg (Stellan Skarsgård) y sus hijas Nora (Renate Reinsve) y Agnes (Inga Ibsdotter Lilleaas). Gustav, un director de cine narcisista en decadencia, ve en la muerte de su exesposa la oportunidad de recomponer la relación con sus hijas, a quienes abandonó en la infancia para dedicarse a su carrera.
Nora encarna ese abandono: una actriz de teatro en crisis, marcada por ataques de pánico que la paralizan, relaciones amorosas inestables y una tristeza profunda que Renate Reinsve plasma con gran intensidad en su expresión. Por otro lado, Agnes representa la estabilidad: académica con una vida familiar convencional, un esposo afectuoso y un hijo. Trier exhibe la compleja relación entre ambas hermanas, una que aprendió a convivir con la ausencia y otra que creció acompañada, destacando el valor de la fraternidad.
El conflicto central surge cuando Gustav le propone a Nora protagonizar su nueva película, cuyo escenario principal es la casa donde vivieron su madre y sus hijas. El padre, incapaz de asumir sus errores, manipula el anhelo de la hija por crecer como actriz. La casa, con sus grietas, funciona como metáfora de la relación fracturada entre padre e hija y como testigo de las dinámicas familiares.
Al rechazar Nora la propuesta, enfrentada al dolor por la pérdida de su madre y la presión del retorno paterno, Gustav recurre a la actriz estadounidense Rachel Kemp (Elle Fanning) para interpretar a su hija. Stellan Skarsgård encarna a un padre carismático y manipulador, hábil para convencer a su entorno pero paralizado ante las críticas.
Las interpretaciones del elenco han recibido elogios en diversas premiaciones, incluso en Hollywood, donde los relatos íntimos y pausados suelen competir con producciones más espectaculares. Los cuatro actores principales han sido considerados en candidaturas al Oscar, destacando la profundidad y autenticidad de sus actuaciones.
A lo largo de la película, Trier plantea la desesperación como un motor que impulsa a nuevas experiencias. La muestra como una sombra que empuja hacia el vacío, que obliga a tocar fondo para luego buscar el camino hacia arriba, sin certezas sobre el destino. Sin embargo, también revela esos momentos fugaces de alegría que permiten continuar a pesar de las decepciones.
Uno de esos instantes fue vivir la experiencia en San Sebastián, compartiendo una sala de cine con otros apasionados, mientras Trier dedica breves escenas a las risas y a la absurdidad humana cuando intentamos reparar lo que no sabemos cómo arreglar.
“Sentimental Value” no solo narra la reconciliación entre un padre y su hija a través del cine, sino que refleja a todos aquellos que, con cicatrices profundas, descubren que rezar también puede ser un acto para los que no creen en dios




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