La publicación de Padre Pica, una obra del periodista español Julio Núñez, arroja luz sobre la perturbadora trayectoria de Alfonso Pedrajas, un sacerd
La publicación de Padre Pica, una obra del periodista español Julio Núñez, arroja luz sobre la perturbadora trayectoria de Alfonso Pedrajas, un sacerdote jesuita que documentó en su propio diario los abusos perpetrados contra al menos 85 menores en Bolivia. El libro también expone el sistemático encubrimiento institucional por parte de la Iglesia católica, señalando la reparación a las víctimas como una deuda pendiente de la institución.
Durante ocho años de exhaustiva investigación sobre la pederastia en la Iglesia católica, Núñez ha recabado testimonios de más de 600 sobrevivientes. Su trabajo, que culminó con la reciente publicación de Padre Pica por Penguin Random House, subraya que, frente a la magnitud de los casos, la reparación es una necesidad apremiante. Esta reparación, según se enfatiza, debe ir más allá de los aspectos legales o económicos, abarcando dimensiones espirituales, emocionales e institucionales.
La persistencia del dolor y las secuelas en los sobrevivientes plantea una interrogante fundamental sobre la prescripción de los delitos de pederastia. El sufrimiento de las víctimas no caduca, lo que genera un cuestionamiento sobre la aplicación de límites temporales a estos crímenes.
Desde 2018, Núñez ha sido una figura clave en una de las investigaciones más extensas sobre pederastia en la Iglesia católica española. Su labor, que identificó más de 700 casos y más de 600 acusados, motivó la apertura de una investigación oficial en el Congreso español y le valió el Premio Ortega y Gasset en 2022.
En un desarrollo judicial significativo ocurrido el pasado septiembre, más de dos años después de las primeras revelaciones sobre el caso Pedrajas, la justicia boliviana condenó por encubrimiento a dos exprovinciales jesuitas, Marcos Recolons y Ramón Alaix. Esta sentencia, aunque histórica, es considerada un primer paso en el largo camino hacia la justicia.
La respuesta institucional ha sido compleja. Si bien la Iglesia retiró de sus funciones a los implicados tras conocerse el caso, posteriormente costeó su defensa legal y apeló la sentencia, argumentando la prescripción del delito. Esta dualidad sugiere un reconocimiento tácito del daño, al tiempo que se niega la plena responsabilidad legal del encubrimiento. El problema central no reside únicamente en los abusos cometidos por sacerdotes como Pedrajas en la década de los 70, sino en el conocimiento y la inacción de sus superiores, quienes permitieron que estos actos continuaran durante décadas. Las víctimas, a menudo, se preguntan por qué no se detuvo a los abusadores.
El impacto en los sobrevivientes trasciende el ámbito personal, afectando sus vidas laborales, sus relaciones familiares y, en muchos casos, su fe. Numerosos afectados han expresado un sentimiento de pérdida no solo de su inocencia, sino también de su confianza en la institución.
En América Latina, la Iglesia ocupó durante siglos un rol predominante en la educación, la salud y la asistencia social, consolidando un poder casi absoluto. Aunque esta presencia a menudo se tradujo en dedicación a los más vulnerables, tales entornos de poder concentrado se mostraron susceptibles a la corrupción. La Iglesia, una institución fundada para el bien, ha fallado gravemente en este aspecto, especialmente en la protección de los más indefensos: los niños.
Las reformas impulsadas por el fallecido Papa Francisco representaron un avance crucial en la lucha contra la pederastia. Se modificó el derecho canónico para exigir la investigación de los encubridores y la reparación de las víctimas, se eliminó el secreto pontificio en estos casos y se ordenó a las diócesis establecer centros de atención.
No obstante, la efectividad de estas normativas depende de su aplicación. En Bolivia, por ejemplo, aún no se dispone de información clara sobre las investigaciones canónicas o las reparaciones prometidas. La realidad en el terreno a menudo se estanca mientras las leyes avanzan en el papel. Se ha enfatizado que una reparación genuina va más allá de un mero pago monetario; implica una asunción de responsabilidad y acciones concretas que trasciendan la simple petición de perdón




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